El arranque es curioso, porque se escuchan, mezcladas, músicas de épocas distintos, como si convivieran pasado y presente. Poco a poco los tiempos se separan. Es inevitable reconocer al Stravinsky de la Consagración, pero también ecos románticos y hasta clásicos junto a disonancias y minimalismos más modernos.
La obra está dedicada a Hence.
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